El Secreto de Doña Elvira: Fiebre del Oro en Dusty Creek




A simple vista, Doña Elvira parecía la clásica abuelita pionera de la frontera. Llevaba un vestido de algodón con volantes, un delantal inmaculado, y el cabello blanco recogido bajo una cofia de encaje. Siempre olía a tarta de manzana recién horneada y a jabón de sosa. Se pasaba las tardes meciéndose en su silla del porche, saludando a los vaqueros que pasaban.

Sin embargo, detrás de esa fachada de anciana devota y pacífica, se escondía la forajida más rápida y escurridiza a este lado del río Misisipi. Jamás había disparado un arma, pero sus manos eran más letales que cualquier revólver.

El Inventario de la Pionera

Elvira no necesitaba un caballo veloz, ni espuelas de plata, ni un pañuelo para cubrirse el rostro. Su equipamiento era el epítome de la inocencia sureña:

  • El parasol de encaje: Perfecto para protegerse del sol inclemente del desierto, y aún mejor para bloquear la línea de visión del sheriff en el momento exacto de un hurto.

  • El frasco de linimento para las rodillas: Un aceite espeso y de olor fuerte que no solo aliviaba la artritis, sino que servía para engrasar bisagras oxidadas de cajas fuertes o resbalar anillos de dedos regordetes.

  • La Biblia de tapas gruesas: Un tomo pesado ahuecado magistralmente en su interior, con el tamaño perfecto para ocultar billetes, relojes de bolsillo o, en este caso, documentos legales.

"Los forajidos confían demasiado en sus revólveres de seis tiros. Yo confío en que ningún hombre rudo se atreverá a registrar el delantal de una anciana que le acaba de ofrecer un panecillo caliente." — Elvira, anotando otro "logro" en su diario.

El Asalto en el Red Dog Saloon

Era una tarde sofocante de viernes. El Red Dog Saloon estaba a reventar porque "Colorado" Bill, el bandido más temido del territorio, acababa de ganar en una partida de póker las escrituras de la Mina Estrella de Plata. Bill celebraba ruidosamente en la barra, con el documento asomando tentadoramente del bolsillo de su chaleco de cuero.

La Táctica del "Mareo de Calor"

Elvira entró al ruidoso salón empujando las puertas batientes con suavidad. Llevaba una canasta cubierta con un paño de cuadros. La música de la pianola no se detuvo, pues nadie le prestó atención a la dulce viuda.

  1. La aproximación: Caminó abanicándose exageradamente con la mano, fingiendo que el humo de los puros y el calor la estaban asfixiando.

  2. El desvanecimiento: Al pasar justo por detrás de "Colorado" Bill, Elvira dejó caer su canasta. Decenas de galletas de avena rodaron por el suelo de madera. Acto seguido, la anciana se tambaleó y se apoyó pesadamente contra la espalda del corpulento bandido.

  3. El contacto: "¡Cuidado, señora!", gruñó Bill, dándose la vuelta y sosteniéndola por los hombros por puro reflejo para que no se desplomara.

  4. El botín: En esos dos segundos de confusión, mientras Elvira tosía débilmente contra el pecho del hombre, sus dedos índices actuaron como pinzas de precisión. Las escrituras salieron del chaleco de Bill y desaparecieron en la manga del vestido de Elvira con la velocidad de una serpiente de cascabel.

"¡Oh, cielos! El calor de este pueblo será mi perdición... Disculpe la torpeza de esta pobre vieja, señor", murmuró Elvira, parpadeando con ojitos asustados.

El rudo bandido, incómodo ante la mirada de todos sus secuaces, se limitó a gruñir. "No es nada, abuela. Váyase a la sombra", dijo, pateando una galleta de avena sin darse cuenta de que acababa de perder una fortuna.

La Huida a Paso Lento

Elvira recogió un par de galletas, hizo una reverencia temblorosa y salió por las puertas batientes a un paso tan lento que habría desesperado a una tortuga. Ningún alguacil, cazador de recompensas o forajido levantó una ceja.

Esa misma tarde, mientras el sol teñía de naranja los cañones de Dusty Creek, Elvira se sentó en su silla mecedora. Tomó un sorbo de limonada fría, abrió su pesada Biblia hueca y guardó las escrituras de la Mina Estrella de Plata junto a un fajo de billetes del banco de Boston y una insignia de sheriff de plata maciza. Suspiró, satisfecha. Definitivamente, el Salvaje Oeste era un paraíso para las almas piadosas.

¿Te gustaría que la próxima historia se desarrolle en la época de la piratería en alta mar, o prefieres que la enviemos a bordo de una nave espacial para un golpe intergaláctico?

Next Post Previous Post
Enlaces Promocionados:
Enlaces Promocionados:
Enlaces Promocionados:
Enlaces Promocionados: