Huyó por los techos del barrio para escapar de una banda en motos: sin imaginar que en la última azotea lo esperaba su peor enemigo


Un joven corre desesperado por los callejones y escaleras del barrio mientras varios hombres en motocicletas lo persiguen sin descanso para atraparlo. Logra subir a los techos creyendo que ha encontrado una salida, pero al girar la cabeza descubre una silueta encapuchada apuntándole desde lo alto del muro. La identidad de la persona que le tendió esta trampa en la azotea cambiará todo en la segunda parte.

El rugido violento de los tubos de escape modificados rebotaba contra las paredes de concreto sin empañetar como si fuera una manada de bestias hambrientas cerrando el paso. Eran las seis y media de la tarde en la parte alta del barrio La Loma, esa hora exacta en que el sol termina de esconderse detrás de los cerros y las sombras se tragan los callejones antes de que prendan los pocos bombillos amarillos de los postes.

Lucas corría con el alma en la boca. Sus tenis gastados golpeaban los charcos de agua jabonosa que salían de las cunetas, salpicando sus pantalones de lona hasta las rodillas. Sentía los pulmones ardiendo como si hubiera tragado vidrio molido y el corazón le martilleaba contra las costillas con tanta fuerza que casi no escuchaba sus propios pasos.

Con la mano derecha apretaba la correa de su mochila cruzada contra el pecho. Adentro no llevaba dinero, ni joyas, ni mercancía ilegal. Llevaba algo mil veces más peligroso en aquel sector olvidado por la ley: un disco duro portátil envuelto en una camiseta vieja y una libreta de cuero negro. Eran las pruebas que habían costado la vida de su hermano mayor hacía apenas cuarenta y ocho horas, y la razón por la que ahora media docena de sicarios a sueldo tenían la orden de no dejarlo salir vivo del barrio.

—¡Por el callejón de doña Chela! ¡Córtenle el paso por la cañada que va a pie! —gritó una voz áspera a menos de treinta metros detrás de él, seguida por el chillido de una llanta trasera derrapando sobre el cemento húmedo.

Lucas no miró atrás. Conocía cada rincón de La Loma desde que tenía siete años y repartía botellones de agua por esas mismas cuestas empinadas, pero sabía que en terreno plano las motocicletas de alto cilindraje lo alcanzarían en cuestión de segundos.

Las puertas de madera y zinc de las casitas a ambos lados del pasaje se cerraban de golpe a su paso. Los vecinos metían a los niños del brazo, apagaban los televisores y pasaban los pestillos por dentro. En el barrio todos querían a Lucas; sabían que era un muchacho trabajador que estudiaba informática por las noches y arreglaba celulares en un cuartito alquilado para mantener a su madre enferma. Pero cuando sonaban los motores de la banda de Los Cuervos, nadie abría la puerta. Abrir la puerta significaba firmar tu propia sentencia.

Al llegar a la esquina del colmado viejo, una motocicleta negra sin placas apareció de frente, levantando la rueda delantera y bloqueándole la salida hacia la avenida principal. El parrillero, un tipo flaco con el rostro cubierto por un pasamontañas rojo, sacó una pistola pavonada de la cintura.

Por puro reflejo, Lucas se lanzó de costado segundos antes de que el destello del disparo iluminara el callejón.

El proyectil arrancó un pedazo de block de la pared justo a la altura donde había estado su cabeza un instante antes, llenándole el cuello de polvo blanco y esquirlas de cemento. Sin perder el impulso de la caída, Lucas rodó sobre el hombro izquierdo, se impulsó con las manos sobre el piso resbaloso y se metió de cabeza por el "Pasaje del Diablo": una grieta estrecha de apenas un metro de ancho entre dos construcciones de tres pisos que subía hacia la parte más empinada del cerro a través de cientos de escalones desiguales.

—¡Se metió por la escalera vieja! ¡Dejen dos motos abajo en el desagüe y suban las enduro por los escalones! —rugió el jefe del grupo desde la esquina.

Lucas subía los peldaños de tres en tres. Sus piernas temblaban por el esfuerzo brutal, pero el terror de pensar en su madre quedándose completamente sola en el mundo —después de haber enterrado ya a su hijo mayor el día anterior— le inyectaba una descarga de adrenalina pura en las venas.

Mientras subía agarrándose de los tubos oxidados que servían de baranda, su mente repetía como una película rota lo que había pasado dos horas antes.

Él solo había ido al taller mecánico donde trabajaba su hermano difunto, Mateo, para recoger sus herramientas personales y la ropa que había dejado en su casillero. Pero al mover el cajón de abajo, encontró un fondo falso. Ahí estaba la libreta y el disco duro. Cuando Lucas conectó el disco a su computadora vieja, descubrió por qué el supuesto "intento de robo" donde murió Mateo había sido una farsa total: su hermano había grabado en video las entregas de cargamentos, las placas de las patrullas compradas y las cuentas bancarias del verdadero jefe que controlaba toda la extorsión del sector.

Lo más extraño era que solo una persona en todo el mundo sabía que Lucas iba a ir a ese taller a las cuatro de la tarde: alguien en quien él confiaba ciegamente. Y diez minutos después de haber abierto el casillero, las motos ya estaban rodeando la cuadra.

¡BRAAAP! ¡BRAAAP!

El estruendo del motor a sus espaldas lo sacó de sus pensamientos. Lucas miró hacia abajo por encima del hombro y sintió un frío helado en el estómago: dos de los perseguidores no se habían bajado de las motos. Con una habilidad demencial, estaban subiendo los escalones de concreto montados en motocicletas montañeras de llantas gruesas, saltando de descanso en descanso mientras los faros delanteros barrían las paredes húmedas buscándolo como reflectores de cacería.

Una segunda bala silbó cerca de su oreja e hizo estallar un tubo de agua potable de PVC que corría pegado al muro. Un chorro de agua a presión saltó sobre los escalones, convirtiendo la subida en una trampa mortal de musgo y lodo.

Lucas resbaló en el tercer descanso. Su rodilla derecha golpeó el filo vivo del concreto con un dolor seco que le arrancó un quejido ahogado. Sintió el calor de la sangre empapando la tela rota de su pantalón, pero no se detuvo. Gateó los últimos cuatro escalones hasta llegar a un callejón sin salida donde terminaba la escalera pública, bloqueada al fondo por una pared de ladrillos de tres metros de altura coronada con alambres de púas.

Las luces de las motos ya iluminaban la curva inferior a menos de diez metros. El olor a gasolina quemada y aceite caliente llenaba todo el aire.

—¡Ya no tienes para dónde correr, Lucas! —gritó uno de los motorizados desde abajo, acelerando en seco para intimidarlo—. ¡Tira el bulto hacia atrás y ponte de rodillas con las manos en la nuca si quieres que esto sea rápido!

Lucas miró a su alrededor con desesperación. A su izquierda había una pared lisa de tres pisos. A su derecha estaba la parte trasera de una vieja panadería abandonada, y pegada al muro había una estructura endeble de contadores eléctricos y una tubería gruesa de hierro galvanizado que subía hasta el borde de un techo de zinc.

No había tiempo para pensar si el tubo aguantaría su peso.

Lucas se ajustó la mochila al pecho, tomó impulso con su pierna sana, pisó la caja metálica de los contadores —que crujió amenazando con desprenderse de la pared— y se aferró con ambas manos al tubo de hierro cubierto de óxido.

En el preciso instante en que la primera motocicleta llegaba al descanso con el parrillero apuntando hacia arriba, Lucas dio un tirón con toda la fuerza de sus brazos, apoyó las puntas de sus tenis en las uniones de los ladrillos y se impulsó hacia la cornisa del techo.

¡PAM! ¡PAM!

Dos disparos perforaron el alero de lámina de zinc justo debajo de sus botas, dejando dos agujeros humeantes por donde se coló la luz del faro de la moto. Lucas rodó hacia adentro del techo, cayendo de espaldas sobre las láminas acanaladas que retumbaron con un estrépito metálico.

—¡Se subió al techo de la panadería! —gritó el sicario desde abajo, golpeando el manubrio con rabia—. ¡Avisen por radio a los que están en la calle de arriba! ¡Que le cierren el paso por la azotea del edificio en construcción! ¡Por ahí tiene que salir a la fuerza!

Allá arriba, el mundo era otro.

Un laberinto caótico de techos de zinc oxidado, platos de concreto a medio construir, tinacos negros de agua, antenas de televisión dobladas por el viento y tendederos de ropa olvidada que se mecían en la penumbra como fantasmas.

Lucas se puso de pie encorvado, manteniendo el cuerpo bajo para no ofrecer blanco desde los callejones laterales. Su rodilla sangraba abundantemente y cada paso sobre las láminas sueltas de zinc producía un ruido que delataba su posición a toda la cuadra, pero era su única oportunidad. Si lograba cruzar los cinco techos que tenía por delante y saltar hacia la azotea del antiguo edificio de talleres textiles que daba a la avenida central, podría bajar por las escaleras de emergencia directamente frente al destacamento de bomberos, donde había cámaras y patrullas las veinticuatro horas.

Corrió sobre la viga maestra del techo para no hundir el zinc con su peso. Al llegar al borde de la primera casa, había un vacío de casi dos metros y medio sobre un patio interior lleno de chatarra. Abajo, en la calle paralela, vio pasar a toda velocidad las luces rojas de tres motocicletas más que iban rumbo al final de la cuadra para rodearlo.

Sin frenar la carrera, Lucas pisó el borde del muro y saltó al vacío.

Por un segundo interminable estuvo suspendido en el aire oscuro sobre el callejón. Sus manos alcanzaron el borde del plato de concreto de la casa vecina; sus pies golpearon contra la pared y, con las uñas rotas y los dedos ardiendo de dolor, logró subir el torso y arrastrarse hacia la superficie plana.

Un perro guardián que estaba amarrado al otro extremo de esa segunda azotea comenzó a ladrar con furia, lanzando tarascadas al aire mientras tiraba de su cadena.

—¡Ahí va, por la casa de los tanques azules! ¡Lo escucho correr arriba! —se oían las voces desde los callejones laterales, acompañadas del sonido metálico de rejas que estaban siendo forzadas en los edificios vecinos. Estaban subiendo por las escaleras internas de las viviendas para cazarlo arriba.

Lucas esquivó tres tinacos de agua, se agachó para pasar por debajo de unos cables de alta tensión que chisporroteaban con la humedad de la noche y saltó una barda baja hacia el tercer techo. Aquí habían dejado ropa tendida; las sábanas blancas le golpearon la cara mientras corría a ciegas, arrancándolas de los cordeles hasta llegar al límite de la cuarta propiedad.

Le faltaba solo un salto. Uno solo.

Frente a él, separada por un callejón estrecho pero profundo de cuatro pisos de caída libre, se levantaba la gran azotea de cemento de la antigua textilera. Tenía la puerta metálica de la escalera de emergencia al fondo, y más allá brillaban las luces de neón de la avenida principal. El ruido del tráfico normal de la ciudad llegaba hasta ahí como una promesa de vida.

Detrás de él, a dos techos de distancia, escuchó el golpe seco de una puerta de azotea al ser derribada de una patada. Dos sombras armadas salieron corriendo sobre los platos de concreto, apuntando con linternas tácticas acopladas a sus armas.

—¡Quieto ahí! ¡No llegas a la escalera, basura!

Lucas retrocedió cinco pasos para tomar carrera, apretó los dientes ignorando la punzada aguda en su rodilla herida y corrió con el último aliento que le quedaba en el cuerpo. Pisó el pretil de ladrillos, se impulsó hacia adelante y cayó rodando sobre la grava suelta de la última azotea, justo detrás de un viejo cuarto de máquinas de ventilación.

Las balas de sus perseguidores rebotaron contra el borde del muro que acababa de cruzar, levantando chispas anaranjadas en la oscuridad.

—¡Lo logré... Dios mío, lo logré! —jadeó Lucas en un susurro roto, apoyando las manos en el suelo mientras se levantaba para correr los últimos diez metros hacia la puerta de salida que daba a la avenida.

Metió la mano en el bolsillo para sacar su teléfono y marcar al número de emergencias mientras caminaba de espaldas un segundo, vigilando el techo de enfrente para asegurarse de que los hombres de las motos no se atrevieran a saltar esa distancia.

Estaba tan concentrado mirando hacia atrás, hacia el callejón que había dejado a sus espaldas, que no escuchó el leve crujido de unas botas sobre la grava a su derecha.

Fue el sonido metálico, frío e inconfundible del martillo de una pistola al ser montado a menos de dos metros de su cabeza lo que hizo que la sangre se le congelara en las venas.

—Yo que tú no daría ni un paso más hacia esa puerta, Lucas.

Lucas se quedó petrificado.

El aire se le atoró en la garganta. Lentamente, con los músculos del cuello tensos como cables de acero, giró la cabeza hacia el muro alto que coronaba el tanque de agua de aquella última azotea.

Parada en lo alto del borde de concreto, recortada contra el resplandor rojizo de las luces de la ciudad, había una silueta vestida completamente de negro, con una capucha gruesa que le cubría hasta la mitad del rostro. En su mano derecha, firme y sin el más mínimo temblor, sostenía una pistola calibre nueve milímetros con silenciador que apuntaba directamente al centro del pecho de Lucas.

La puerta de emergencia que Lucas creía su salvación tenía una cadena gruesa de acero con un candado nuevo puesto por dentro. Nunca había sido una ruta de escape. Había sido un embudo. Los motorizados no habían fallado al dispararle en los escalones ni en el techo de zinc: lo habían estado arriando como a un animal hacia el único punto del barrio donde no había testigos ni cámaras, directo a las manos de quien estaba esperando arriba desde mucho antes de que empezara la persecución.

—¿Quién... quién eres? —logró articular Lucas, retrocediendo medio paso hasta que su espalda chocó contra la pared fría del cuarto de máquinas—. Si trabajas para Los Cuervos, toma la mochila... ahí está el disco y la libreta. No he subido nada a internet todavía, te lo juro por mi madre. Toma todo y déjame ir.

La figura encapuchada bajó de un salto ágil desde el muro del tanque, cayendo con un golpe sordo sobre la azotea y caminando despacio hacia él, sin bajar el cañón del arma ni un milímetro.

—¿Todavía crees que ese disco vale algo si tú quedas vivo para contar lo que viste en la pantalla, hermanito? —respondió la voz debajo de la capucha.

El corazón de Lucas dio un vuelco tan violento que sintió que se iba a desmayar ahí mismo.

Esa voz.

Esa forma de llamarlo "hermanito".

Esa ligera cojera en la pierna izquierda al caminar, producto de una caída en bicicleta cuando ambos tenían doce años.

—No... no puede ser —balbuceó Lucas, negando con la cabeza mientras una lágrima de incredulidad y horror puro le nublaba la vista—. No... tú no...

La silueta se detuvo a tres pasos de él. Con la mano izquierda enguantada, tomó el borde de la capucha negra y la echó hacia atrás lentamente, dejando que la luz pálida de la luna y los anuncios luminosos de la avenida iluminaran su rostro por completo.

A Lucas se le doblaron las piernas y cayó de rodillas sobre el cemento sucio de la azotea, sintiendo un dolor mil veces peor que cualquier balazo.

Frente a él, mirándolo con unos ojos fríos y vacíos que no tenían ni rastro de remordimiento, estaba la última persona en la Tierra de la que habría sospechado jamás: la misma persona que dos horas antes había llorado abrazada a su madre en el entierro, y quien le había dado las llaves del taller diciéndole dónde buscar el casillero secreto.

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