El joven millonario humillado en la joyeria de su padree
El aire acondicionado del centro comercial destilaba un aroma a madera de cedro y perfume francés caro, de esos que avisan que nadie en ese pasillo compra nada por necesidad. Mateo se detuvo frente a la vitrina de la joyería con las manos metidas en los bolsillos de un abrigo desgastado en los codos. Debajo llevaba unos vaqueros manchados con una leve línea de pintura seca y botas de trabajo con la puntera rozada.
Dentro, sobre una peana de terciopelo verde botella, descansaba un Rolex Submariner Date en acero inoxidable.
Mateo respiró hondo, ajustó la correa de una mochila de lona vieja que llevaba al hombro y empujó la puerta de vidrio templado. El tintineo metálico de la campana superior sonó limpio, casi quirúrgico.
El dependiente, un hombre de cabello impecable y traje gris pizarra, levantó la vista. Su mirada bajó automáticamente desde los ojos de Mateo hasta sus botas, deteniéndose apenas un segundo en la mancha de pintura antes de volver a subir con una cortesía ensayada pero distante.
—Buenas tardes —saludó el vendedor, sin moverse de detrás del mostrador principal—. ¿En qué puedo orientarle?
—Buenas tardes. Quería ver el reloj del escaparate, por favor. El Submariner.
Antes de que el empleado pudiera contestar, un carraspeo agudo cortó el silencio de la sala.
Sentada junto a una vitrina lateral, examinando una gargantilla de diamantes, estaba doña Clara. Iba envuelta en un abrigo de cachemira color crema, con un bolso de piel de cocodrilo sobre el regazo y suficientes anillos en los dedos como para armar un nudillo de oro. Llevaba media hora regateando con condescendencia y haciendo esperar a todo el mundo.
Clara bajó sus gafas de carey y miró a Mateo como si un perro callejero acabara de colarse en un quirófano.
—Por favor, Javier —dijo Clara, dirigiéndose al vendedor con una risita ahogada—. No pierdas el tiempo. Hay personas que no distinguen una joyería de lujo de un empeño de barrio.
Mateo no se inmutó, pero sus dedos apretaron suavemente la tela de sus bolsillos.
—Disculpe, señora, solo quiero ver la pieza —respondió el joven con tono calmado.
Clara soltó una carcajada abierta, acomodándose en su taburete de cuero.
—Mírate, muchacho. Esas botas apenas aguantan la lluvia y pretendes pedir que saquen una pieza de catorce mil euros. ¿Sabes siquiera cuántos ceros tiene eso? Esto no es un puesto de imitaciones en la plaza. La gente como tú viene aquí a tomarse fotos para fingir en internet y hacer perder el tiempo a los clientes que de verdad mantenemos este negocio.
El dependiente bajó la mirada, incómodo. Por un lado, Clara era una clienta habitual; por el otro, la tensión era insostenible.
—Caballero... —empezó a decir el dependiente con tono titubeante—. Ese modelo en particular está reservado para clientes con historial previo en la marca y su valor requiere...
—Sé perfectamente lo que cuesta —interrumpió Mateo con voz serena, sin levantar el tono ni una sola octava—. Y sé exactamente lo que busco.
Clara negó con la cabeza, fingiendo lástima teatral.
—La audacia de los mediocres siempre me fascina. En mis tiempos, la gente conocía su lugar. Vete a casa, muchacho. Ahórrate la vergüenza de que tengan que llamar a los guardias de seguridad para sacarte cuando comprueben que tu tarjeta no pasa ni por el peaje.
Mateo no le respondió a ella. Miró fijamente al vendedor, cuyos ojos oscilaban entre el miedo a desagradar a Clara y la vergüenza profesional de tratar mal a un cliente.
—¿Puede sacarlo, por favor? —insistió Mateo.
El dependiente tragó saliva, colocó una bandeja de piel sobre el mostrador, se puso los guantes negros de microfibra y abrió la vitrina con una llave pequeña. Con movimientos pausados, depositó el reloj sobre la gamuza negra. El bisel cerámico brilló bajo las luces halógenas; el segundero avanzaba con el característico y suave pulso de un calibre manufactura.
Mateo contempló la pieza. Sus ojos no mostraron la codicia de quien busca un trofeo para presumir, sino una reverencia profunda.
—Mi padre fue albañil cuarenta y dos años —dijo Mateo, hablando al aire, con las manos apoyadas a los lados de la bandeja sin tocar el metal—. Solía pararse en esta misma esquina cada sábado después de cobrar su jornal en la obra. Nunca entró. Decía que este reloj representaba el tiempo bien empleado, el trabajo que resiste cualquier golpe y no se detiene nunca. Hace tres semanas falleció de fibrosis pulmonar.
Clara arrugó la nariz, mirando hacia el techo con un suspiro de fastidio.
—Qué conmovedor, de verdad. Pero las historias lacrimógenas no compran relojes suizos, querido.
Mateo no la miró. Se quitó la mochila de lona del hombro y la colocó sobre la mesa de cristal. La abrió despacio. En su interior no había billeteras raídas ni monedas sueltas: sacó tres sobres acolchados del banco, perfectamente precintados con sus sellos notariales y bancarios, junto a un cheque de gerencia emitido esa misma mañana.
—Vendí hace dos semanas la patente del software de optimización logística que desarrollé durante mis noches mientras trabajaba de obrero con él —explicó Mateo al dependiente, empujando los documentos sobre la mesa—. Ahí tiene el pago completo, la verificación de fondos del banco emisor y mi documento de identidad.
El vendedor tomó los documentos con manos temblorosas. Tras escanear la documentación y verificar con el terminal bancario en menos de dos minutos, el rostro del empleado cambió drásticamente. Levantó la mirada con una mezcla de admiración y remordimiento.
—Todo está en perfecto orden, señor Mendoza. Discúlpeme... de verdad.
Mateo miró el reloj una última vez.
—Póngale la caja verde original y el certificado de garantía a nombre de Julián Mendoza. Lo va a acompañar en su descanso.
La tienda quedó en un silencio sepulcral.
Clara se quedó congelada, con la boca entreabierta y el rubor subiéndole por el cuello hasta las mejillas, incapaz de sostener la mirada del joven. Recogió torpemente su bolso de cocodrilo del suelo, dejó la gargantilla sobre el cristal y salió apresurada hacia el pasillo sin pronunciar una sola palabra más, el eco de sus tacones perdiéndose en la distancia.
Mateo esperó a que empacaran la caja, tomó la bolsa de la joyería con ambas manos, agradeció al dependiente con una inclinación de cabeza y salió al sol de la tarde, con las botas cubiertas de polvo y el corazón en paz.
